(Fabián Solari) ÂżQuĂ© nos dicen hoy el tango y el heavy metal sobre quiĂ©nes somos y hacia dĂłnde vamos? Desde la experiencia vivida y el oĂdo atento, trazo un paralelismo entre la cosmovisiĂłn tanguera en la Argentina actual y la proyecciĂłn del metal como expresiĂłn futura de resistencia y pertenencia.
El tango ya no nos pertenece como lo hacĂa antes. Y no porque lo hayamos abandonado, sino porque fue absorbido. Se convirtiĂł en postal, en museo, en sĂmbolo oficial de lo argentino. Pero debajo de ese barniz de patrimonio cultural, todavĂa vibra la verdad del tango: esa filosofĂa cruda del amor perdido, de la calle que enseña, del amigo que se fue y del tiempo que no vuelve.
Yo lo escuchĂ© en la radio de mi viejo, lo vi bailado por cuerpos cansados pero dignos en las milongas del barrio. Lo enseñé tambiĂ©n, de forma indirecta, en el aula: el tango como geografĂa emocional del Buenos Aires que se fue. Hoy, lo jĂłvenes lo conocen por alguna versiĂłn remixada o por fragmentos sueltos en la memoria familiar. Es un gĂ©nero que funciona como espejo retrovisor: nos ayuda a entender de dĂłnde venimos, con sus luces y sus sombras.
En cambio, el heavy metal —ese ruido hermoso, honesto, denso— todavĂa no fue domesticado. Y eso lo hace peligroso, sĂ, pero tambiĂ©n valioso. NaciĂł desde el margen y decidiĂł quedarse ahĂ. No busca aprobaciĂłn. Lo suyo es el grito, la catarsis, el fuego que no pide permiso. En los ’80 lo escuchábamos como quien encuentra un refugio. En los ’90 fue consuelo frente al derrumbe neoliberal. Hoy, en pleno siglo XXI, resiste como uno de los pocos espacios donde todavĂa hay ritual, comunidad, Ă©tica.
Para quienes venimos del palo popular, del conurbano obrero, de clubes que no necesitan del marketing para tener alma, el metal es territorio. Es trinchera. Es abrazo entre extraños que se reconocen por el sonido. Lo mismo que fue el tango hace un siglo.
Como habitante de esta tierra con conciencia social, creo que el arte que importa es el que transforma. Y el metal —cuando no se rinde al algoritmo— sigue siendo una voz incĂłmoda, un lugar donde todavĂa se puede decir lo que duele. Como padre, valoro que mis hijos encuentren en Ă©l una forma de sentir profundo, sin anestesia. TambiĂ©n lo entiendo como una herramienta para pensar el mundo, no solo para distraerse de Ă©l.
Tango y metal no son opuestos: son dos maneras del alma popular de decir aquĂ estamos. Uno lo hace desde la nostalgia, el otro desde la rabia. Uno canta al amor perdido, el otro a la injusticia persistente. Pero ambos construyen identidad, memoria y resistencia.
Quizá el tango nos enseñó a mirar el pasado con lucidez melancólica. El metal, en cambio, puede ser el idioma del futuro: uno donde no se negocia la dignidad ni se calla la verdad.
Porque al final, en el fondo, tango y metal son lo mismo: una forma de amar el dolor, de no rendirse, de seguir caminando aunque el mundo te empuje para atrás.
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