(Fabián Solari) La ruta Nacional 23 recorre el corazón de la estepa rionegrina como una arteria que pulsa historias, silencios y paisajes inmensos. No es solo un camino de asfalto: es una línea de tiempo que une geografías dispersas, que enlaza pueblos, voces y memorias. En este viaje real, más que avanzar, se trata de escuchar. Porque cada parada es una pausa, un respiro, una frecuencia distinta que sintoniza con el alma del lugar.
Decidí hacer el recorrido dejando que la radio – esa compañera incondicional del camino – fuera la guía. No elegí playlist, no llevé discos: sólo dejé que el dial me llevara, que cada localidad me hablara a través de sus propias ondas, sus propios ritmos, sus propias palabras. Así descubrí que en cada frecuencia vibra una parte del paisaje, y que el sonido puede ser tan revelador como la vista.
Salí de Bariloche una mañana de cielo claro, con la bruma del lago aún acariciando los cerros. La ciudad quedaba atrás, todavía dormida, mientras yo descendía hacia el este, rumbo a Dina Huapi. Prendí la radio apenas crucé el puente sobre el Ñirihuau, como quien abre una puerta. Un blues suave, un relato sobre la migración de los cóndores, y una voz que parecía hablar directamente al oído me dio la bienvenida. Era el primer tramo de un viaje sin urgencias, un andar en sintonía con la tierra y con las historias que emanan de ella.
Parada obligada en la Puma del cruce de la 40 con la 23 para abastecimiento y un desayuno que nos permita comenzar a transitar los 605 kilómetros de esta última con la energía a tope tanto a mi compañero motorizado como a mí.
El motor vibraba con suavidad mientras me alejaba de Dina Huapi. El Nahuel Huapi quedaba atrás, inmenso y sereno, como un espejo de todo lo que se deja y todo lo que se lleva. Al sintonizar las FMs locales FM Dina Huapi 90.1 Mhz y FM Sol, las voces cálidas de los locutores llenaron el auto con historias de la región y música que parecía crecer desde la tierra misma. La ruta comenzaba, y con ella, una búsqueda tranquila de lo invisible.

Pilcaniyeu me recibió con su aire seco y su cielo grande. Bajé un momento para mirar alrededor, estirar las piernas y dejar que el viento me contara sus secretos. Encontré una emisora local de la escuela rural de Educación Media Nº 41 Héroes de Malvinas, la FM Hueney 100.1 MHz, compartiendo relatos de la zona y melodías que acompañaban el paisaje. Volví al auto con una sonrisa.
La desolación del paisaje sólo matizada con la compañía de la música que seguía regalando la radio sostenía con fuerza el viaje, que ya era encantador.
En Comallo, el calor del mediodía tejía un velo sobre la ruta. La radio FM Nevada 93.7 MHz continuaba su transmisión, relatando anécdotas de viejos pobladores, de trenes y de caballos que aún recorren senderos invisibles. Pedí un café en Skorpyos, un almacén de los de antes, y lo tomé mirando hacia la estepa, sintiendo que el tiempo podía detenerse sin culpa en estos rincones.
Retomé la ruta hacia el este con algunos vaivenes producto de los trabajos de cambio de traza aunque, claro está, el placer de recorrer parte de la meseta de Somuncurá y los bajos del Gualicho eran ampliamente favorables.
Clemente Onelli dormía bajo el sol como un gato en siesta. La señal de la radio seguía presente, reproduciendo música y voces que parecían venir de otra época. Me senté frente a la Escuela Hogar N°104 Pichi Queche Ruca cerrada por vacaciones. Cerré los ojos. El silencio tenía textura, como si pudiera envolverse en los dedos.
A esta altura del viaje y las vivencias, las cuales se van transformando en recuerdos que se repiten una y otra vez apenas se materializan, la emoción le juega de igual a igual a cualquier otra sensación.

Ingeniero Jacobacci, más movido, tenía el ritmo de un corazón que late sin pausa. La FM Uno 105.5 Mhz hablaba de eventos culturales y de un festival de verano que se avecinaba. Me sumé al murmullo del pueblo por unas horas, caminando despacio por sus calles, saludando gente, sintiéndome parte de algo más grande.
Los próximos casi 80 kilómetros me dejaron un intermedio sin la compañía de la radio. El paisaje con su monotonía por momentos me daba espacio para agradecer por darme la posibilidad de poder estar viviendo la magia del paraíso terrenal en la vasta geografía argentina.
En Maquinchao, sintonicé la FM 98.5 Mhz, conocida como La Coope. Las canciones ochentosas que Nora, en medio del programa Tarde y media comparte, genera sensaciones y nostalgia en una estepa rica en silencio. Me detuve para un almuerzo tardío sobre la avenida Independencia frente a la municipalidad para aprovechar la sombra y los bancos mientras la radio hablaba de música anticipando la tarde futbolera que se avecinaba. La comida fue simple, pero sabrosa. Todo tenía el sabor de lo auténtico.
Aguada de Guerra aparecía como una pintura detenida en el tiempo. La señal de La Coope aún llegaba, hablando de historia local, de sequías pasadas y lluvias celebradas como milagros. Me quedé un buen rato observando el perfil del pueblo, sus chapas oxidadas, sus perros echados a la sombra. Me conmovió su resistencia.
En Los Menucos, las FMs Estilo 101.5 Mhz y Roldán 95.1 Mhz seguían acompañándome con otras voces, otras noticias, más movimiento. Escuché sobre un grupo de jóvenes que organiza talleres de arte. Me quedé con ganas de quedarme más. Algo me decía que los pueblos también saben abrazar.

Entendí, entonces, que el ser humano es un ser social pero muy influenciado por el entorno y esa combinación es la que moldea su personalidad y da rienda suelta a sus manifestaciones.
Sierra Colorada me dio un atardecer inmenso. Desde la radio sonaba un rock and roll crocante mientras el cielo se teñía de naranja. Caminé hasta una lomada y desde allí, la estepa parecía infinita. Pensé en las cosas que no necesitan explicarse. En lo que se siente y basta.
Ministro Ramos Mexía me pareció un refugio. Una oyente en la radio contaba sobre plantas medicinales y viejas costumbres del campo. Las FMs Nativa 87.9 Mhz y La Nueva 97.1 Mhz fueron la compañía justa para imaginar la vida aquí, entre la tierra y el viento. Preparé un te negro y lo tomé en el capó del auto, escuchando.
Nahuel Niyeu fue un susurro, pero no por eso menos importante. Pocos habitantes, pocas casas, pero la radio seguía viva. Noticias breves, saludos entre vecinos, una guitarra que sonaba de fondo. Pensé en lo importante de sostener la voz, aunque parezca pequeña. El locutor parecía conocer a todos. Esa cercanía me conmovió. Estacioné a un costado de la banquina y escuché, sin apuro.
En Valcheta, ya el aire olía a estepa baja y a mar cercano. La FM Única 100.1 Mhz hablaba de literatura y compartía poemas de autores locales, infaltable Jorge Castañeda. Anoté uno en mi cuaderno. A veces, las palabras encuentran el lugar justo donde aterrizar.
Aguada Cecilio me sorprendió porque apenas fue un suspiro al paso asombrándome las cruces encerradas por un paredón custodiadas por un humilde y curioso refugio de espera de ómnibus.
Y al llegar al cruce con la ruta Nacional 3 – la línea Sur atravesada a la inversa, llegaba a su fin – no sentí que terminaba un viaje, sino que comenzaba otro. La radio seguía encendida, como un faro suave que me había guiado por el corazón de Río Negro. Cerré los ojos por un momento y respiré hondo. Todo lo que había escuchado, visto y sentido en el camino, me acompañaría por mucho tiempo.
Próximo viaje: ruta Nacional 25 (provincia de Chubut)
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